
El vino y las Emociones
En la publicación de esta semana me gustaría hablar de dos temas, el vino y la psicología, que, en un principio, resultan un tanto incompatibles, aunque guardan más puntos en común de los que nos imaginamos. Y ahora te estarás preguntando, ¿qué tiene que ver un concepto con otro? Pues, la relación entre ambos no es tan complicada.
Si nos paramos a pensar un poco, sabemos que el vino contiene una serie de propiedades esenciales, como por ejemplo, su color, sus aromas y su sabor. Estas cualidades conectan a la perfección con nuestros sentidos y tras esta unión, se encargan de enviar un estímulo directo a nuestro peculiar centro de operaciones, el cerebro.
Una vez ahí, tras recopilar toda esa información, se envía de nuevo una respuesta a nuestros nervios, que se ponen rápidamente manos a la obra.
¿Y cuál es el resultado? Está comprobado que el vino puede incidir en nuestro estado de ánimo, aunque no todos lo hacen de igual manera. Lo que sí es cierto que ‘in vino veritas’, como afirmó, con gran acierto, Plinio el Viejo, o lo que es lo mismo, ‘en el vino está toda la verdad’.
Las emociones del vino tinto
Tradicionalmente, desde un punto de vista médico, y sobre todo, en nuestras casas, el vino tinto siempre se ha asociado con sus beneficios saludables para el corazón. Sin embargo, en lo que respecta al estado de ánimo y los sentimientos, el consumo de este tipo de vino se corresponde, generalmente, con dos de ellos: la euforia y la relajación.
Pero, ¡atención! Aunque puedan parecer ideas inconexas, se ha comprobado en diversos estudios y talleres de vino, que su variante roja provoca un sentimiento de exaltación inicial y posteriormente, con el paso de los minutos, conduce a una sensación de tranquilidad tras un par de copas.
Vino blanco: energía y calma
En este caso, mucho cuidado, porque este tipo de vino puede provocar que sus consumidores “bajen la guardia”. No existen dos situaciones iguales respecto al estado de ánimo, por muy similares que parezcan, aunque debido a que contiene gran cantidad de sulfitos, los efectos más destacados son de carácter antiinflamatorio y depresivo.
Además, el vino blanco tiene un alto porcentaje de azúcar (¡ojo! casi más de la mitad de la que se acumula en una variante de vino tinto) y este hecho, se traduce en una repentina explosión de energía.
El vino en términos emocionales
Respecto a todo lo que he comentado anteriormente, me llamó especialmente la atención un interesante estudio que realizaron, publicado hace ya algunos meses, en la Escuela de Ingeniería Agrícola y de Biosistemas de la Universidad Politécnica de Madrid.
Para su realización, se contó con la ayuda de 208 personas, que debían consumir vino, al menos, una vez al menos. En la muestra había gente de todas las edades, no pienses que solo se centraron en los adultos, sino que también se incluyeron jóvenes y adultos mayores.
Algunas de las conclusiones más curiosas fueron las siguientes, sobre todo, respecto a las emociones, que es el tema central de este post:
- Los términos ‘bueno’, ‘feliz’, ‘alegre’, ‘suave’ y ‘agradable’, en la mayoría de las respuestas, se asociaban con aromas y sabores frutales y florales en los vinos.
- Los términos ‘agresivo’ y ‘culpable’ se relacionaban, principalmente, con aromas y sabores de vainilla, clavo y regaliz.
- Además, curiosamente, el adjetivo ‘agresivo’ también apareció asociado a las cualidades astringentes del vino.
En definitiva, el vino se presenta como un buen aliado en diferentes situaciones emocionales de nuestra vida. Por ello, la unión de un buen producto vinícola con nuestros sentidos es el germen de una nueva y enriquecedora experiencia.
Y para ti ¿es importante que el vino te transmita emociones?
¡Espero que te haya gustado esta entrada y me gustaría conocer tu opinión! Y si tienes algún duda o sugerencia, no dudes en ponerte en contacto conmigo.
